Mesa para uno
Mesa para uno
Mesa para uno (Ilustración) | Vía: IA

Un cuento de Andrés Lechuga

Cuando el gran chef Jean-Luc Pierre fue desprestigiado en el podcast de crítica de cocina más escuchado de todo México, su restaurante se fue a la quiebra. El rostro detrás de todo esto era anónimo. Tan sólo se le conocía por su voz grave, y palabras tan duras como un martillo al momento de ablandar un jugoso filete crudo. Algo que distaba de lo novel. Ya que, los escalones ensangrentados que tenía bajo sus pantorrillas la voz sin rostro de Mesa para uno eran, por decir poco, innumerables. Tampoco fueron atractivos los golpes verbales que recibió Jean-Luc Pierre, sino que el hito mismo se dio en la pérdida de sus tres estrellas Michelín; ese fue su escandaloso nocaut. Tan pronto como se replicaron cual bacterias las palabras de Mesa para uno, cayeron las tres luminarias que alababan sus sabores; todo, durante una noche, donde unas celosas nubes impidieron la apreciación del cinturón de orión a los entusiastas de la Vía Láctea.

Para ese entonces, el restaurante de Jean-Luc Pierre, Mexique et Paris, que ofrecía una atractiva carta de cocina tradicional mexicana, fusionada con sabores parisinos vanguardistas, llevaba la cuenta de un mes sin un solo comensal ocupando las mesas. Semanas durante las cuales, Jean-Luc Pierre mantenía al grupo de meseros al margen con gritos de esperanza, que catapultaban litros de saliva por todo el lugar. Su equipo de cocina, en cambio, era más difícil de motivar, pero de cualquier manera llevaban su mano al pecho en señal de lealtad al restaurante y a la figura de Jean-Luc Pierre; dado que, al final del día todos esperaban que la crítica de Mesa para uno se perdiera en el tiempo como cualquier otra tendencia; pero en un indeseable avance de hechos, lo esperado no ocurrió. Las bocas de la gente continuaban replicando cual loro las sarcásticas, irreverentes, enfurecidas y elocuentes palabras del crítico con mayor credibilidad en el país. A Jean-Luc Pierre le provocaba cólera que la gente utilizara su lengua para maldecirlo y humillarlo, en lugar de para saborear los platillos que con tanto sudor había diseñado a lo largo de varios años.

En aquella adinerada zona de la ciudad, la gente que paseaba en las noches de fin de semana vistiendo ostentosas prendas de diseñador, hacía una pausa en el portal de Mexique et Paris para observar lo deteriorado y vacío que estaba. La inmutación en sus rostros denotaba curiosidad, como la de alguien que va de turista a apreciar una maravilla del mundo. Entre las rectangulares y barrocas fachadas, los aristócratas encontraban ruinas de un pasado que parecía tan lejano para ellos, como el final de la segunda guerra mundial hasta nuestra época. Antes de marcharse, se retrataban de espaldas al portal, mientras susurraban casualmente sobre los recuerdos y sabores experimentados en las mesas del restaurante. Acción que se asemejaba al descubrimiento del fuego; ahora todos deseaban lo mismo. Por lo que el exterior de Mexique et Paris se vio inundado de parejas y caminantes solitarios, que implosionaban por el éxtasis que les recorría las vibras del cuerpo al aguardar en la fila, hacerse la foto y posteriormente compartirla con sus allegados.

La multitud que aguardaba por su turno colisionaba con la rutina de los vecinos de la zona, cuya molestia aumentaba día con día; como si un cocinero les vacilara con el vigor del fuego de la estufa, al manipular la perilla detenidamente hasta alcanzar el punto de ebullición de una cazuela con agua. Desde los cielos se asemejaban a un público en espera de un concierto, lo que naturalmente derramó el vaso de paciencia de los vecinos. Bajo sus quejas, fueron auxiliados por cuerpos antidisturbios, que en una tarde despejaron la zona de quienes esperaban su fotografía en el exterior del restaurante. Los meseros, cocineros y el propio Jean-Luc Pierre fueron testigos a la distancia de la evolución de sucesos; desde la primer pareja, a las peleas por quién se retrataba primero y hasta la implacable expulsión de la muchedumbre.

A los días, penetraron de improvisto en el portal varias personalidades de internet, inspiradas por la avalancha de fotografías que despertó en ellos interés por el restaurante. Jean-Luc Pierre particularmente aborrecía a toda esa gente, puesto que le recordaban a Mesa para uno. Para él, en el fondo todo joven que se grababa para subirse a internet pertenecía a la harina del mismo costal.

Con videocámara en mano, las personalidades de internet capturaron el área de las mesas, cuyos manteles se habían tornado en un amarillento similar a la de una esponja con la que se ha fregado por mucho tiempo. En las esquinas del techo y en los alrededores de los bombillos, las arañas se reían al espectar la persecución del equipo de meseros comandado por Jean-Luc Pierre, contra las personalidades de internet; que al ser atrapados fueron echados a la calle con todo y sus equipos de grabación. Material que fungió como registro no sólo del desgaste de las instalaciones, sino de la pérdida de peso de los meseros, cocineros y del propio Jean-Luc Pierre. A quien especialmente le resaltaba cada vez más su cráneo con cada fotografía o vídeo que le sacaban. Incluso sus subordinados le sorprendieron en una ocasión añadiendo agujeros a su cinturón con el picahielos.

Eventualmente el restaurante comenzó a emitir un hedor a putrefacción que generaba reflujo en los transeúntes. Pero a los meseros, cocineros y al propio Jean-Luc Pierre les hizo vomitar en más de una ocasión; por ello procedieron a la aplicación de ungüento aromático en el filtrum labial, que hallaron en el botiquín médico; disimulando así los vientos internos de tufo que corrían en los baños, áreas de mesas, cocina y en la bodega; donde los tomates, chiles, papas, cebollas, zanahorias, lechugas y cilantros se pintaban de cian. También las espinacas, higos, rábanos, berenjenas, espárragos, calabazas, fresas y mandarinas se hacían violetas de a pizcas.

Los meseros, cocineros y el propio Jean-Luc Pierre siguieron al pie de la letra una de las normas más importantes del reglamento: ‘No tocar la comida, le pertenece al comensal’. Así que simplemente observaron la invasión de gusanos a paso acelerado sobre las tortillas de harina y de maíz; también sobre los panes baguettes, torcidos, paisanos, hogazas, fougasse, de barra, dulces, de Viena y telera; de igual manera se desintegraron panques de nuez y de tres cereales. Sumando a su botín de batalla, de los quesos brie, Chihuahua, camembert, menonita y roquefort no restaron ni migajas; paralelamente, las sombras de los quesos asadero, comté, panela, époisses, fresco, munster, Oaxaca, chavignol, manchego y reblochon fueron desvaneciéndose a golosos trozos.

Naturalmente el ungüento perdió efectividad, por lo que los meseros, cocineros y el propio Jean-Luc Pierre improvisaron cubrebocas con los amarillentos y empolvados manteles de mesa, consiguiendo así sobrellevar un poco mejor los soplidos de encierro y abandono. Pese a ello, salían de un dilema para entrar a otro, ya que los gusanos se volvieron larvas, y estas mismas abrieron sus alas presentándose como moscas.

Las moscas ondeaban en las alturas como aviones caza bombarderos. Aterrizaban violentamente sobre los alimentos de más difícil acceso, como los cortes y trozos de diezmillo, chambarete, arrachera, palomilla y cecina; chupaban la machaca, carne seca, el chilorio, y chorizo. Patos, corderos, pollos, conejos, perdices y chapulines enteros fueron conquistados; a la par de variedad de embutidos, huevos, costillas, caracoles y chicharrones. Contra toda lógica, con sus seis patas avanzaron su partida bélica en altamar al hacerse con las reservas de camarones, pulpos, mejillones, jaibas, langostas, mantarrayas, huachinangos, montañas de caviar y callos de hacha. El nuevo imperio de las moscas parecía absoluto. Los meseros no conseguían deshacerse de ellas por más trapos que azotaran al aire cuál látigos. Litros venenosos de repelente habían fumigado y absorbido lo que restaba de aire puro; si es que acaso quedaba algo para ese entonces. Revistas y viejos periódicos enrollados, libros de recetas, menús y reconocimientos enmarcados hacían buenos matamoscas improvisados; que resultaron inútiles en la práctica al no anotar ninguna baja a favor. El personal de Mexique et Paris estaba a punto de rendirse ante la superioridad de las moscas, cuando las ratas salieron de las cañerías para ofrecer su ayuda a cambio de un jugoso y ventajoso trato. Se desharían de todas y cada una de las moscas y sus larvas, a cambio de que las dejaran vivir en paz en los oscuros y húmedos recovecos del restaurante; además de un porcentaje de alimento y bebida para toda la colonia de ratas, y sus futuras generaciones de manera vitalicia. Condiciones que Jean-Luc Pierre aceptó sin pensarlo más de una vez bajo una voluminosa aureola de estridentes moscas.

Tiempo después de la finalizada masacre total del imperio de las moscas, ante las potentes fuerzas especiales de roedores, se cumplieron dos meses desde que las estrellas Michelín de Jean-Luc Pierre perdieron su resplandor. Aquel día, un equipo de reporteros de televisión, radio y periódico entraron a Mexique et Paris. Al cruzar la línea hacia el recibidor se encorvaron del asco que causaba la mezcla de hedores de cadáveres de moscas, excremento de ratas, alimentos putrefactos y olor corporal. Sin embargo, se pusieron cubrebocas y adentraron camino hacia la cocina, donde encontraron a los meseros y cocineros alrededor de la flama de una de las estufas. Se frotaban y soplaban las palmas de las manos, para después acercarlas al delicado fuego azul que emanaba de la oxidada hornilla. El propio Jean-Luc Pierre, por su lado, yacía sentado en un banquillo de roble astillado. A falta de más cinturón por agujerar, llevaba los pantaloncillos a la altura de los talones, mientras que su casaca le quedaba como una extensa cobija de tigre. Parecía que el antiguo portador de las tres estrellas Michelín se iba a romper en cualquier momento, por algo tan sencillo como respirar.

Una vez los reporteros procesaron en silencio la escena, se acercaron y rodearon en forma de medialuna a Jean-Luc Pierre; cuyo ahuesado rostro se vio envuelto por las esponjas de los voluminosos micrófonos. A la brevedad fue invadido por la repetición de una sola inquisición: «¿Qué opina del suicidio de Mesa para uno?». La interrogante se adentró al cerebro del chef a la velocidad de cocción de una barbacoa, y con la misma espera abrió los ojos. Seguido de un gemido sordo que la prensa interpretó como un seco: «¿Qué?», de parte del cadavérico chef. Ante la clara ignorancia de la noticia, uno de los reporteros tomó el timón. Explicó al chef que la identidad del prestigioso crítico gastronómico Mesa para uno, era en realidad la de un niño de tan sólo doce años que había creado todo el podcast a manera de una broma; y que jamás visitó ninguno de los restaurantes que criticó. Así que, ante las consecuencias que generaron sus comentarios, especialmente a Mexique et Paris, decidió quitarse la vida como un símbolo de arrepentimiento y disculpa. El gesto de Jean-Luc Pierre, aunque sombrío, daba a entender que había escuchado y comprendido la explicación. Al cabo de un silencio en que los reporteros esperaban alguna declaración, el renombrado chef cerró sus ojos abruptamente, ladeó su cuerpo hacia un extremo y cayó al suelo golpeándose rotundamente la cabeza a pies de los entrevistadores. Jean-Luc Pierre dejó de existir encima del piso sobre el que había conseguido tocar las estrellas con espátula en mano.

Mesa para uno obtuvo una Mención Honorifica en el marco de la Convocatoria de Cuento Breve del Instituto Sonorense de la Juventud en 2023

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