«Andrés Lechuga comparte estos dos breves cuentos eróticos escritos en momentos de inspiración, sin vista a publicarlos.»

Tarea de literatura
Escrito el 10 de agosto de 2024
—¿Lo vas a hacer o no lo vas a hacer? —me preguntó Kaneko, que me mantenía contra la pared a unos centímetros de su nariz—. ¿No me vas a ayudar con mi tarea de literatura?
—Lo que pasa es que yo… —respondí dubitativo.
—Ya, veamos si así.
Kaneko alzó su falda hasta la altura de su ombligo. Debajo llevaba unas pantimedias negras que apretujaban sus muslos, las entrepiernas y la cintura. Menos de un centímetro de grasa del vientre rebosaba el elástico de las pantimedias. Se trasparentaban unas bragas color verde como árbol de navidad ornamentadas con un tierno moño.
—¿Entonces, Andrés? —inquirió como si me apuntara con un arco y una flecha.
Estaba ruborizado con la lengua entumida, pero con el pene erecto y latente.
Kaneko hizo una mueca de hartazgo. Se volvió y pegó su trasero —todavía con la falda levantada— a mi pubis y comenzó a moverlo hacia todas partes.
—Si me dices que esto no te convence estás perdido, mi querido y pobre Andrés.
Ante su comentario me pregunté qué clase de pobre diablo sería la persona por debajo de mí si yo tenía a la estudiante más hermosa de la escuela masturbándome con su culo en esas pantimedias negras tan finas y seductoras.
Naturalmente comencé a gemir de placer.
—Amo cuando los hombres gimen —dijo Kaneko en voz baja—. Sólo espero que no te vengas tan rápido.
Mantenía las manos apartadas de su cuerpo. Entreabriendo los ojos intermitentemente. Pensar que alguien nos pudiera descubrir me excitaba tanto como me preocupaba. Entonces, Kaneko empezó a hacer el movimiento del mete-saca como si estuviéramos cogiendo de verdad. Eso me enloqueció al punto de que finalmente la así por el culo y terminé en mi bóxer. Fue tanta la carga de semen que algunas gotas atravesaron la tela de mis pantalones y se regaron sobre sus pantimedias.
Mi gemido prolongado y una sensación de humedad sobre su culo le hicieron entender que había acabado.
—No tan mal —calificó—. Tomaré tu tiempo como un halago —dijo mientras me miraba de soslayo—. Ahora, sobre la tarea de…
—Te ayudaré —interrumpí todavía con la respiración agitada—. Te ayudaré siempre y cuando hagamos esto.
Kaneko me sonrió. Se volvió y me dio un beso en la frontera de los labios. Me acercó mi mochila, agarró la suya y se aferró a mi antebrazo. Salimos fuera de la escuela rumbo a mi casa. Hacia un atardecer precioso.
La tarde perfecta
Escrito el 7 de marzo de 2024
Desperté tras una larga sesión de sexo con Susana. Con sus palabras sucias y movimientos de cadera me hizo eyacular tres veces. Eyaculé usando condón dentro de su vagina, eyaculé sobre su enorme y blanco culo y eyaculé sobre su pubis peluda. Después de eyacular por tercera vez me arrastré hasta sus redondos pechos. Empecé a chupar sus pezones como si fuera a salir leche de ellos y me quedé dormido.
Susana estaba en el marco de la puerta que daba al baño. Usaba mi camisa negra manga larga abotonada hasta el ombligo. Un pecho, todavía con marcas de mis dientes, estaba fuera con el pezón apuntando a las tres en punto. La sombra de su delgada figura cobijaba la cómoda de mi cuarto. Daba caladas a un cigarro mientras observaba mi ser con un semblante que podría describir como compasión o dominación.
—Mira nada más, bebé. ¿Piensas que terminaste haciéndome tuya? ¿Conquistándome con los deslices de tu pene en mis adentros? Ahora no puedes ni moverte. Ni si quiera arrodillarte para adorarme ni para chuparme la vagina. Aquí, ¿quién es el ganador?
Por haber despertado relativamente hace nada, la sensación de desorientación que se hospeda en tu cuerpo tras una involuntaria siesta por la tarde me importunaba. Mi cerebro escuchó a Susana, pero no pudo articular palabra alguna.
—Acabo de ordenar por aplicación unas hamburguesas con queso y tocino, papas a la francesa y malteadas de chocolate. Después pediré algo del Caffenio. Así recuperamos fuerzas para el siguiente round. ¿Qué te parece, mi bebé?
Aquel “recuperamos fuerzas” sonaba de más. Ella parecía estar en una sola pieza.
—Bien… —pude susurrar con una mínima fuerza que recolecté en cuestión de milésimas de segundos.
Susana se aproximó hacía mí, espiró humo, apagó el cigarro en el cenicero que estaba sobre la mesita de noche, subió a la cama y se acurrucó conmigo en lo que llegaban las hamburguesas.
